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Editorial: Cuando los adolescentes dejan de creer en el futuro

Editorial: Cuando los adolescentes dejan de creer en el futuro

La crisis educativa ya no se refleja sólo en estadísticas. Hay adolescentes que abandonan la escuela, que no logran leer ni escribir con fluidez y, sobre todo, que dejaron de encontrarle sentido al esfuerzo, al estudio y al futuro. ¿Qué pasa cuando una generación deja de creer que estudiar puede cambiarle la vida?

Hay una escena que empieza a repetirse en demasiadas ciudades y pueblos de la Argentina. Aulas con adolescentes que ya no leen. Chicos que llegan a la secundaria sin comprender un texto básico. Jóvenes que dejaron de estudiar, pero también dejaron de creer. Y, quizás lo más preocupante, una sociedad que empieza a acostumbrarse a eso como si fuera inevitable.

Frente a esta realidad, surge una pregunta tan incómoda como necesaria y urgente: ¿qué podemos hacer hoy? No dentro de diez años. No cuando cambie un gobierno. Hoy. Porque el deterioro educativo ya dejó de ser una estadística para convertirse en una realidad cotidiana que atraviesa escuelas, familias y barrios enteros.

Distintos sondeos y evaluaciones vienen alertando sobre niveles críticos de comprensión lectora y escritura en estudiantes secundarios. Pero detrás de los porcentajes hay algo mucho más profundo: adolescentes desconectados de la escuela, del esfuerzo y, muchas veces, también del futuro.

El problema es que durante años se discutió la educación como si fuera solamente un tema pedagógico. Y ya no lo es. La crisis educativa también es social, emocional, cultural y económica. Hay chicos que abandonan porque trabajan. Otros porque en sus casas nadie puede acompañarlos. Algunos porque sienten que estudiar no sirve para nada. Y muchos, simplemente, porque dejaron de encontrarle sentido a sentarse en un aula.

Ahí aparece uno de los errores más grandes que cometió el sistema: creer que el vínculo con el aprendizaje se sostiene únicamente con contenidos. La realidad demuestra otra cosa. Primero tiene que existir pertenencia. Un chico que siente que no importa, que nadie lo espera o que siempre está en desventaja, difícilmente pueda concentrarse en aprender matemática o lengua.

Editorial: Cuando los adolescentes dejan de creer en el futuro

Intervención concreta, acompañamiento real: claves para que nadie se quede atrás.

Por eso, quizás la discusión más urgente no sea cómo mejorar una nota, sino cómo volver a conectar a esos adolescentes con algo que les despierte interés, autoestima o expectativa. Talleres, deportes, música, oficios, producción audiovisual, tecnología, huertas o actividades comunitarias pueden parecer secundarias frente a los grandes debates educativos, pero muchas veces son la puerta de entrada para recuperar a un pibe antes de que desaparezca del sistema.

También hace falta sincerar algo que durante años se escondió debajo de la alfombra: hay estudiantes secundarios que no saben leer ni escribir correctamente. Y seguir avanzando grados sin resolver eso solamente profundiza la frustración y el silencio. Muchos adolescentes dejaron de participar no porque no quieran, sino porque sienten vergüenza de exponer lo que no saben.

Ahí no hacen falta discursos grandilocuentes. Hace falta intervención concreta. Grupos reducidos. Tutorías intensivas. Acompañamiento personalizado. Lectura diaria. Seguimiento real. No para maquillar estadísticas, sino para recuperar capacidades básicas que deberían haber sido garantizadas hace tiempo.

Pero además hay otra cuestión de fondo que atraviesa toda esta discusión: muchos jóvenes no logran visualizar un horizonte. No encuentran relación entre estudiar y construir una vida mejor. Y, siendo honestos, tampoco es una percepción irracional en un país donde millones de adultos viven con incertidumbre permanente.

Por eso, el desafío ya no pasa solamente por exigir esfuerzo, sino por volver a demostrar que el esfuerzo tiene sentido. Que aprender puede abrir puertas. Que existe un futuro posible más allá de la precariedad, la frustración o la apatía.

La educación argentina necesita reformas profundas, sí. Pero mientras la política discute planes a largo plazo, hay una generación que se sigue cayendo hoy. Y quizás el primer paso sea entender que todavía estamos a tiempo de recuperar a muchos chicos. No desde la soberbia de creer que el Estado lo resuelve todo, ni desde el cinismo de pensar que ya no hay nada por hacer.

Porque cuando un adolescente vuelve a sentir que alguien espera algo de él, muchas veces cambia más rápido de lo que los adultos imaginan.

Y tal vez ahí empiece la verdadera reconstrucción.

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