Hubo un tiempo en el que la primicia era una conquista periodística. Llegar primero significaba haber investigado más, haber preguntado mejor, haber confirmado antes que otros una información relevante para la sociedad. No se trataba solamente de apretar “publicar” unos minutos antes, sino de sostener con datos, fuentes y contexto aquello que se estaba contando.
Hoy, en cambio, la palabra primicia parece haberse deformado. En muchos casos ya no importa tanto si la información está chequeada, si los números son correctos, si el hecho fue comprendido en su dimensión real o si alguien podrá responder por un error. Lo urgente parece ser otra cosa: llegar primero, subir el video antes que los medios, mostrar presencia, conseguir likes, instalar la sensación de que se estuvo ahí antes que nadie.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿para qué?
¿De qué sirve ser el primero en contar algo si lo que se cuenta está incompleto, mal informado o directamente equivocado? ¿Qué valor tiene publicar antes que otros si después nadie corrige, nadie aclara y nadie se hace cargo? ¿Es una primicia decir algo rápido, o es apenas una expresión más de esta ansiedad contemporánea por mostrarse, competir y ocupar la pantalla?
Días atrás, en una entrega de viviendas en el sur provincial, volvió a verse esa carrera silenciosa —aunque bastante evidente— por “contarlo antes”. Funcionarios, equipos de comunicación, posteos institucionales, videos grabados desde el teléfono y publicaciones apuradas intentaron instalar un relato inmediato de la actividad. El problema no fue que comunicaran. El problema fue que, en ese apuro, incluso circularon datos imprecisos sobre la cantidad de viviendas entregadas en una localidad. ¿Eran 30? ¿Eran 40? ¿Eran 45? Si ni quienes debían comunicar oficialmente el acto tenían claro el dato central, algo más profundo que un error de tipeo está fallando.
Porque informar no es solamente estar. Informar es saber qué se está diciendo.
La lógica de las redes sociales empuja a todos hacia el mismo lugar: publicar rápido, publicar mucho, publicar con impacto. Pero el periodismo no puede regirse únicamente por esa lógica. Y la comunicación política, cuando se maneja con recursos públicos, tampoco debería hacerlo. Un acto de gobierno no es un contenido para competir por atención como si fuera una historia de Instagram. Una inauguración, una entrega de viviendas, una obra pública o una decisión institucional requieren precisión, responsabilidad y respeto por los hechos.
Mario Pergolini describió recientemente al streaming como una especie de patio de juegos, un espacio donde muchos están aprendiendo mientras hacen. La definición puede servir para pensar una época. Pero la comunicación pública no puede ser un patio de juegos. Mucho menos cuando lo que se comunica involucra fondos del Estado, necesidades sociales, expectativas ciudadanas y decisiones que afectan la vida concreta de la gente.
Un influencer puede equivocarse y borrar una historia. Un community puede confundir un dato y corregir más tarde, si corrige. Un funcionario puede publicar un video antes que todos y celebrar su propia velocidad. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿eso lo convierte en una fuente confiable? ¿La cantidad de seguidores reemplaza a la credibilidad construida con años de trabajo? ¿Un posteo oficial, por el solo hecho de ser oficial, puede ocupar el lugar de una información periodística elaborada, contrastada y contextualizada?
La respuesta debería ser evidente, aunque no siempre lo sea.
La credibilidad no se compra con pauta, no se fabrica con un iPhone, no se improvisa con un reel ni se mide únicamente en visualizaciones. La credibilidad se construye con años de hacer las cosas bien, de corregir cuando hay que corregir, de preguntar aunque incomode, de no publicar cualquier cosa solo porque otros ya lo hicieron o porque el algoritmo exige velocidad.
Por eso resulta llamativa esa necesidad de algunos sectores políticos de aventajar a los medios. Como si el objetivo fuera ganarle a alguien. ¿A quién? ¿A un periodista que está tratando de confirmar un dato? ¿A un medio local que cubre todos los días, con recursos limitados, el pulso de una comunidad? ¿A la propia ciudadanía, que en definitiva necesita información clara y no una competencia de egos digitales?
La política parece haber aprendido demasiado rápido algunas reglas de las redes y demasiado poco algunas reglas básicas de la información. Aprendió que una foto bien encuadrada puede generar impacto. Que un video breve puede circular. Que un título grandilocuente puede rendir. Pero a veces olvida lo esencial: comunicar desde el Estado exige más que mostrarse. Exige ser preciso.
No se trata de negar que los funcionarios comuniquen. Sería absurdo. La comunicación institucional es necesaria y forma parte de cualquier gestión moderna. El problema aparece cuando esa comunicación pretende reemplazar al periodismo, cuando confunde difusión con información, cuando privilegia la velocidad sobre la veracidad y cuando parece más interesada en “ganar la primicia” que en contar correctamente lo que ocurrió.
La primicia, en serio, no es llegar primero. Es llegar bien.
Llegar primero con un dato equivocado no es una virtud. Es un problema. Llegar primero sin contexto no es una demostración de eficiencia. Es una señal de precariedad. Llegar primero para mostrarse mejor que los medios no fortalece la comunicación pública. La debilita, porque transforma un hecho institucional en una competencia por protagonismo.
Tal vez esta época nos esté diciendo algo incómodo: que muchos ya no comunican para informar, sino para exhibirse. Que la ansiedad por publicar antes revela más inseguridad que capacidad. Que el miedo a no estar en la conversación empuja a errores evitables. Y que, en esa carrera por el impacto inmediato, la verdad puede quedar en segundo plano.
Quienes trabajamos de esto, sabemos que la velocidad importa. Claro que importa. Pero después de casi 15 años continuos informando, de jornadas largas frente a un medio, de publicar, corregir, preguntar, contrastar y volver a empezar, también sabemos que no vale lo mismo publicar rápido que publicar responsablemente.
No vale lo mismo repetir un dato que confirmarlo. No vale lo mismo mostrar una escena que entenderla. No vale lo mismo tener alcance que tener credibilidad.
Todavía cuesta comprender esa desesperación por la bendita primicia. Quizás la pregunta no sea si hoy tiene valor quien dice algo primero. Quizás la pregunta verdadera sea otra: ¿qué valor tiene ser primero cuando no se está seguro de lo que se está diciendo?
Porque, al final, la información no es una carrera de velocidad. Es un compromiso. Y cuando ese compromiso se rompe, no gana el que publica antes. Pierde el que lee.

