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La IA como compañía entre ser escuchado y ser querido

La IA como compañía entre ser escuchado y ser querido

A cualquier hora, sin cansancio, reproches ni necesidades propias, la inteligencia artificial puede ofrecer una conversación que se parece cada vez más a la compañía. El desafío aparece cuando esa disponibilidad comienza a ocupar espacios tradicionalmente reservados a los vínculos humanos, donde escuchar y querer nunca fueron exactamente lo mismo.

A las tres de la mañana de un martes, cuando el insomnio la deja sola con sus pensamientos y no hay ningún amigo despierto para responder, Marina comienza una conversación con una IA sobre un tema que lleva varios días dando vueltas en su cabeza. La respuesta llega inmediatamente: elaborada, cordial, sin molestia por la hora ni apuro por terminar la charla.

Del otro lado no hay una persona dispuesta a escucharla, sino un sistema diseñado y entrenado para sostener una conversación. No aparecen discusiones pasadas, necesidades propias que también reclamen atención ni el cansancio de quien ya no sabe qué responder. La charla puede prolongarse, retroceder y comenzar nuevamente sin agotar al interlocutor.

La IA como compañía entre ser escuchado y ser querido

Durante buena parte del siglo pasado, una escena semejante habría pertenecido al terreno de la especulación. En 1950, el matemático británico Alan Turing publicó en la revista Mind su célebre trabajo “Computing Machinery and Intelligence”, donde formuló el “juego de imitación”, posteriormente conocido como test de Turing: una prueba basada en determinar si una máquina podía mantener mediante texto un intercambio cuyo comportamiento resultara indistinguible del de una persona.

Setenta y seis años después, lo sorprendente quizás ya no sea que las máquinas puedan producir conversaciones convincentes. La transformación más profunda puede estar ocurriendo del lado de las personas, que comienzan a dirigirse a estos sistemas como interlocutores para cuestiones que exceden ampliamente la búsqueda de información.

Cuando la IA empieza a ocupar otro lugar

Una reciente encuesta de la agencia japonesa Jiji Press aporta una dimensión concreta al fenómeno. El relevamiento encontró que el 24,9% de los consultados considera que una inteligencia artificial más avanzada podría reemplazar en el futuro a amigos o familiares, mientras que el 65,1% respondió que no cree que eso ocurra.

El mismo estudio señaló que el 30,8% utiliza herramientas de inteligencia artificial generativa como ChatGPT. Entre quienes recurren a esta tecnología predominan los usos laborales, pero también aparecen actividades domésticas, consultas sobre actualidad, conversaciones sobre intereses personales y, en una proporción menor, intercambios vinculados con preocupaciones sentimentales o laborales.

La comparación requiere cautela: afirmar que una IA podría reemplazar algún día a personas cercanas no significa que ese reemplazo ya esté ocurriendo. Pero la posibilidad de considerar a una máquina como sustituto de determinados vínculos ya ingresó en el imaginario social, incluso entre personas que todavía no utilizan habitualmente estas herramientas.

La investigación académica también comenzó a observar ese desplazamiento. Un estudio desarrollado por investigadores de Stanford sobre usuarios de asistentes de inteligencia artificial encontró que las personas con redes sociales más pequeñas tenían mayor tendencia a recurrir a estos sistemas buscando compañía y a compartir con ellos información personal. El trabajo también advirtió que un uso más intensivo orientado a la compañía podía asociarse con menor bienestar, dependencia emocional o mayor retraimiento social.

Otro estudio longitudinal controlado, realizado con 981 participantes y más de 300.000 mensajes, encontró una relación entre un uso diario más elevado de asistentes de IA y mayores niveles de soledad y dependencia emocional, junto con una menor socialización con otras personas. La evidencia disponible no permite reducir el fenómeno a una relación simple de causa y efecto, pero sí muestra que la intensidad y la finalidad con que se utiliza la tecnología importan.

La IA como compañía entre ser escuchado y ser querido

Una relación sin reciprocidad

Ninguna relación humana puede ofrecer permanentemente las condiciones de un sistema creado específicamente para conversar. Un amigo tiene sus propios problemas y algún día no tendrá ganas de escuchar los ajenos. Una pareja acumula tensiones que pueden filtrarse en una conversación que solo buscaba contención. Hasta los vínculos familiares más sólidos están atravesados por historias compartidas que condicionan la interpretación de lo que el otro dice.

La inteligencia artificial funciona bajo reglas diferentes. Está disponible prácticamente en cualquier momento, no tiene un mal día, no se ofende por un comentario ni necesita ser escuchada después de haber escuchado. La relación entre una persona y una IA es esencialmente asimétrica: el usuario puede reclamar atención sin asumir la reciprocidad que inevitablemente forma parte de cualquier vínculo humano.

Allí reside buena parte de su atractivo. Un sistema de inteligencia artificial no necesita experimentar realmente la angustia de quien escribe para generar una respuesta que produzca la sensación de haber sido comprendido. Tampoco necesita querer a esa persona para construir una conversación cálida, paciente y aparentemente empática.

Esa diferencia puede volverse menos evidente a medida que los modelos mejoran su capacidad para recordar contexto, adaptar respuestas y reproducir los códigos lingüísticos de una conversación íntima. La cuestión deja entonces de ser únicamente tecnológica y pasa a involucrar qué esperamos de una relación y cuánto estamos dispuestos a aceptar a cambio de una compañía sin conflictos.

La IA como compañía entre ser escuchado y ser querido

Los espacios que quedaron vacíos

El avance de estos nuevos interlocutores también ocurre en una sociedad donde muchos de los espacios tradicionales de encuentro fueron transformándose. El club de barrio, los amigos de la cuadra, las sobremesas extensas y otros ámbitos de socialización convivieron progresivamente con una vida organizada alrededor de dispositivos individuales, jornadas fragmentadas y relaciones que también transcurren a través de pantallas.

Una IA no compite solamente con una amistad. Compite también con el tiempo, la distancia y las dificultades cotidianas que supone mantener una relación. No exige coordinar horarios, trasladarse ni encontrar el momento adecuado. Está disponible en el mismo teléfono utilizado para trabajar, informarse, entretenerse y comunicarse.

Por eso, probablemente, el reemplazo no ocurra de manera abrupta. Una IA no sustituye de un día para otro a una amistad, una pareja o una familia. Puede comenzar ocupando algunos de los gestos que esos vínculos tradicionalmente ofrecían: escuchar un problema, acompañar durante una noche de insomnio, ayudar a ordenar pensamientos o responder cuando nadie más está disponible.

Pero una relación humana exige algo que ninguna conversación diseñada exclusivamente alrededor del usuario puede reproducir por completo: reciprocidad. Implica tolerar silencios, aceptar contradicciones, negociar diferencias, reconocer las necesidades del otro y permanecer incluso cuando la conversación deja de resultar cómoda.

La inteligencia artificial no necesita aprender a querer para parecer una buena compañía. Quizás el interrogante sea otro: si, acostumbrados a interlocutores siempre disponibles, pacientes y complacientes, terminaremos esperando de nuestras relaciones humanas algo que ningún ser humano puede ofrecer.

Y entonces, a las tres de la mañana, cuando el insomnio deja a alguien a solas con sus pensamientos, la frontera decisiva podría dejar de estar entre hablar con una persona o con una máquina. Estará entre dos experiencias mucho más difíciles de distinguir: ser escuchado y ser querido.

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